Hace un tiempo leí el Genji Monogatari (reseñas aquí y aquí), pero aún me quedaba por leer una de las grandes obras de la literatura japonesa: el Heike Monogatari. ¿Una obra épica? ¿Novela histórica? ¿Una tragedia? Es difícil definirla con una sola palabra por la gran riqueza que encierra y porque en Occidente no contamos con obras de este tipo con las que podamos compararla.
Resumiendo mucho su contenido, el Heike Monogatari relata el ascenso, auge y caída del clan de los Heike o Taira, centrándose la acción en el espacio cronológico que se sitúa entre 1167 y 1192. Aunque se dice que es una obra anónima, lo cierto es que la tradición, tal como fue plasmada por Yoshida Kenkō en la obra Ocurrencias de un ocioso de 1330, la asocia al monje letrado Yukinaka y a un músico iletrado ciego, un biwa hōshi, llamado Shobutsu.
El gran protagonista de la historia, pues será el que marque el destino de su clan, es Taira Ason no Kiyomori. La obra se encarga de recordarnos constantemente que la gran tragedia de los Heike se debe a sus acciones como primer ministro, tal como podemos leer en la última página:
"De tanto dolor no tuvo la culpa más que Taira Ason no Kiyomori, que tuvo el cielo y la tierra en la palma de la mano, que gobernó el Imperio a su antojo, que ni respetó a la Casa Imperial, que estaba arriba, ni atendió al pueblo, que estaba abajo, que prodigó a su capricho muertes y destierros sin tener en cuenta al mundo ni a las personas. Ejemplo, sin duda, de que bien pagan los descendientes los pecados de los padres."
Sin embargo, esta negativa imagen del líder del clan no ha de aplicarse a todos sus miembros. Entre todos ellos destaca el magnífico "ministro prudente" Shigemori, primogénito de Kiyomori, que logrará mantener la paz en el Estado corrigiendo los errores de su padre. Cuando se dé cuenta de que ya no puede hacer nada más por salvar a su clan, dejará en manos de los dioses su vida, desatando con su muerte el principio del fin de los Heike.
Hablando de dioses, hay que destacar el sincretismo reinante en la época entre el local sintoísmo y el budismo importado, el cual, de hecho, había fomentado la creencia de que las divinidades tradicionales eran bodisatva y reencarnaciones de Buda. El budismo tiene un gran peso en el Heike Monogatari, pues se considera que la época en que se desarrolla la historia coincide con una de las tres etapas que el budismo Mahayana distingue en la evolución de la doctrina budista. Se trata de la Ley del Último Día o mappō, una era de decaimiento y confusión, producida, según la opinión general, por las acciones de Kiyomori.
Frente al clan de los Heike, con base en la ciudad de Kyōto, nos encontramos con los Genji del este, cuyo líder es el desterrado Yoritomo, y que, a diferencia de los refinados habitantes de la capital Heian, son considerados como bárbaros. Será este clan el responsable de poner fin a todos y cada uno de los Heike a lo largo de múltiples batallas y de, posteriormente, la búsqueda de los pocos fugitivos, que serán aniquilados hasta acabar con el clan Taira. Visto de esta manera podría tratarse de una terrible matanza (como es, en efecto), pero la historia se encarga de presentarlo como un acto de justicia y reestablecimiento del orden, apoyado en todo momento por los dioses.
Junto al transcurso de la acción bélica podremos disfrutar de muchos capítulos dedicados a otros temas, como el amor, la amistad y fidelidad, lecciones sobre el budismo, la poesía, cuentos y leyendas, etc. Frente a nuestros ojos pasarán multitud de personajes, con los cuales, aunque no lo parezca, nos identificaremos (tal es la variedad de caracteres que retrata) y a los que cogeremos cariño porque despiertan nuestros sentimientos más humanos. Lamentaremos cada una de las muertes, cada una de las tristes separaciones entre familiares o de un señor y sus leales servidores, o de aquéllos que se ven obligados a retirarse del mundo a una tierna edad.
Podría contaros muchas más cosas de esta gran historia, pero lo mejor es que vosotros mismos os adentréis en sus 800 páginas y os dejéis seducir por cada uno de sus capítulos. Y, por supuesto, no os perdáis la magnífica introducción de Carlos Rubio en la edición de Gredos.



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